La ola de Bolsonaro azotó a Brasil

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 Flávio Bolsonaro sorprendió al ser el más votado con el 47,03%, mientras que Lula obtuvo el 45,16%. 

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 El resultado del balotaje no solo definirá quién ocupará el Palacio de Planalto, sino también qué correlación de fuerzas tendrá el próximo gobierno para llevar adelante su programa en un Congreso fragmentado y en un país profundamente polarizado.

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La jornada de ayer, domingo 4 de octubre, estuvo marcada por la celebración de la primera vuelta de las Elecciones en Brasil, la cual no solo dejó nuevos gobernadores, diputados y senadores, sino también una segunda vuelta presidencial entre el actual presidente Lula Da Silva y el opositor Flávio Bolsonaro, hijo del ex presidente Jair. Los resultados dejaron conclusiones muy fuertes del nuevo rumbo que ya tomó Brasil, sin importar lo que pase en el balotaje. Flávio Bolsonaro sorprendió al ser el más votado con el 47,03%, mientras que Lula obtuvo el 45,16% en las elecciones generales del domingo en Brasil.

El Partido Liberal, de los Bolsonaro, consiguió 121 diputados, lo que les permitirá contar con la mayor bancada alcanzada por un único partido en la historia del país. Esto representa un aumento con respecto a los 98 diputados que tienen en la actual legislatura. También lograron ganar el Senado, obteniendo 28 de los 81 escaños, es decir, apenas más de la tercera parte. De igual forma, se abre la posibilidad de alcanzar la mayoría, formando alianzas con otras fuerzas de derecha.

El oficialismo, representado por el Partido de los Trabajadores (PT) tan solo consiguió aumentar de los actuales 82 diputados a 88, quedando con la segunda minoría. Si sumamos otros partidos aliados a Lula, la izquierda contará con 124 representantes en la Cámara Baja. Es decir, la misma suma que tiene actualmente y prácticamente la misma representación que el partido de Bolsonaro.

La suma de diputados de las cuatro principales fuerzas de centroderecha —Partido Progresista (PP), Unión Brasil, Partido Social Democrático (PSD) y Republicanos— cayó de 226 a 171. Sin embargo, esta pérdida de representación no les impedirá volver a desempeñar un papel decisivo en la gobernabilidad, mediante eventuales alianzas con quien resulte vencedor de las elecciones presidenciales.

En diálogo con la agencia EFE, la organización Departamento Intersindical de Asesoría Parlamentaria (DIAP), que clasifica a los diputados según su orientación ideológica y no por partido, la derecha tendrá asegurada la mayoría en la próxima legislatura de la Cámara de Diputados. Su representación pasará de 248 a 260 escaños.


La izquierda, por su parte, también aumentará su presencia, de 98 a 103 diputados. En contraste, el centroderecha y el centro perderán representación: sus bancadas se reducirán de 94 a 81 y de 50 a 48 escaños, respectivamente.

El 8 de enero de 2023, el entonces presidente Jair Bolsonaro, padre de Flávio, vio cómo se producía el momento más culmine del proceso de golpe de Estado que llevó a cabo: Una turba de simpatizantes suyos asaltó el Congreso, el Tribunal Supremo y el Palacio de Planalto en Brasilia para intentar derrocar al gobierno electo de Lula.
Las investigaciones de la Policía Federal (como la Operación Tempus Veritatis) documentaron los planes golpistas, lo que derivó en procesos judiciales y condenas contra los responsables, incluyendo al propio Jair, que fue condenado a 27 años y 3 meses de prisión tras ser declarado culpable de liderar ese plan.

Polémicas

Son muchas las razones que están detrás de este giro a la derecha en Brasil y amplio crecimiento del PL. Por un lado, la seguridad es una de las principales preocupaciones de la población. El PCC y el Comando Vermelho son organizaciones criminales con una enorme capacidad económica y territorial, cuyo poder se ha expandido durante los últimos años. Lula, además, se ha resistido a que estas facciones sean consideradas organizaciones terroristas. Flávio Bolsonaro, en cambio, plantea una política de seguridad más dura, inspirada en parte en la experiencia de Bukele en El Salvador. Entre sus propuestas se encuentran calificar a las grandes facciones criminales como grupos narcoterroristas, reforzar las cárceles de máxima seguridad, reducir la edad de imputabilidad y endurecer el régimen penal.

En lo económico, las diferencias entre Lula y Flávio también son profundas. El primero apuesta por una fuerte presencia del Estado en la economía, mayores niveles de inversión y gasto público y una política fiscal que ha generado interrogantes sobre la sostenibilidad de las cuentas públicas.

La propuesta de Flávio se plantea como una respuesta frontal a ese modelo: reducción de ministerios y de la burocracia, rebaja de impuestos, privatizaciones, impulso a la inversión privada y un nuevo límite destinado a contener el crecimiento del gasto.

En tercer lugar aparece la dimensión cultural, otro de los ejes de la disputa electoral. El gobierno de Lula ha impulsado una agenda vinculada con el feminismo, la perspectiva de género y los derechos reproductivos, además de fortalecer estructuras estatales orientadas a estas políticas.

Por su parte, Flávio defiende posiciones opuestas: reivindica la familia, la protección de la vida desde la concepción, la libertad religiosa y la libertad de expresión. En materia educativa, propone combatir lo que considera adoctrinamiento ideológico y reforzar el modelo de escuelas cívico-militares.

A estas diferencias se suma una cuestión institucional que merece especial atención: el creciente protagonismo del Poder Judicial en la vida política brasileña y en la regulación de los medios y las redes sociales.

Sus críticos describen este proceso como una forma de “judicialización de la política” o incluso como una “dictadura judicial”.

En los últimos años se han producido detenciones de dirigentes y militantes políticos, investigaciones contra ciudadanos por sus publicaciones en redes sociales y decisiones judiciales que han afectado a periodistas y medios de comunicación. También se han denunciado casos de exilio y persecución vinculados con disputas políticas.

Se trata de un fenómeno que ha generado un intenso debate dentro y fuera de Brasil sobre los límites de la actuación judicial, la libertad de expresión y el equilibrio entre los distintos poderes del Estado.

Además, el caso Banco Master se ha convertido en uno de los principales escándalos financieros y políticos de Brasil en los últimos años. La investigación gira en torno a presuntas irregularidades y fraudes vinculados con operaciones del banco y con la fallida negociación para su adquisición por parte del Banco de Brasilia (BRB). La causa ha alcanzado una dimensión institucional considerable: el Supremo Tribunal Federal autorizó la investigación de decenas de personas y entidades, además de ordenar el bloqueo de miles de millones de reales en bienes de investigados. 

El caso también ha adquirido una fuerte dimensión política. Las investigaciones alcanzaron a antiguos directivos del BRB y, más recientemente, a dirigentes vinculados al entorno de Flávio Bolsonaro, que está siendo investigado por presunta corrupción y lavado de dinero en relación con una operación vinculada al banquero Daniel Vorcaro, ex presidente y accionista mayoritario del Banco Master, aunque tanto Flávio como Eduardo Bolsonaro niegan cualquier irregularidad. 

A esto se suma la creciente controversia sobre la actución de los organismos de control. En septiembre, el ministro Flávio Dino ordenó a la Policía Federal investigar posibles irregularidades dentro de la Comisión de Valores Mobiliarios (CVM) relacionadas con la supervisión de fondos vinculados al Banco Master. La decisión se basó en un informe que señalaba posibles fallas en la actuación de la institución y en la investigación de denuncias previas. 

Por eso, el caso Master trasciende el ámbito estrictamente financiero. La investigación ha terminado involucrando al sistema bancario, organismos reguladores, dirigentes políticos y al propio Poder Judicial, convirtiéndose en otro de los episodios que alimentan el debate.

Otro factor determinante es el antipetismo, un fenómeno que continúa teniendo un peso importante en la política brasileña. Más que una posición estrictamente ideológica, el rechazo al Partido de los Trabajadores (PT) y, en particular, a Lula, funciona para una parte del electorado como un elemento de identidad política.


Corrupción

Los escándalos de corrupción de los gobiernos del PT, la profunda polarización de los últimos años y el regreso de Lula a la Presidencia han mantenido vigente una corriente de rechazo que atraviesa distintos sectores de la sociedad.

Ese sentimiento tiene una influencia directa sobre el comportamiento electoral, especialmente en una eventual segunda vuelta. El voto contra el PT puede reunir a sectores que no necesariamente comparten un mismo programa económico, social o cultural, pero que coinciden en su oposición a Lula y a su espacio político.

En ese sentido, el antipetismo puede convertirse en un factor de cohesión para una parte de la derecha y la centroderecha, facilitando acuerdos electorales que serían más difíciles de explicar únicamente por afinidades ideológicas.

Sin embargo, el fenómeno también tiene un límite: el rechazo al PT no implica automáticamente apoyo a un candidato determinado. Para transformar el antipetismo en votos, Bolsonaro debe lograr que su alternativa, ahora en balotaje, pueda atraer tanto a su núcleo más ideologizado como a sectores moderados e independientes.

De ahí que la disputa electoral no se reduzca únicamente a una confrontación entre lulismo y antipetismo, sino también a la capacidad de cada candidato para ampliar su base más allá de sus votantes tradicionales.

De cara al balotaje, Brasil entra así en una etapa en la que cada voto será decisivo y en la que las alianzas tendrán un peso tan importante como los resultados de la primera vuelta. La economía, la seguridad, la agenda cultural, la relación entre los poderes del Estado y, sobre todo, el fuerte rechazo que despierta el PT en una parte significativa del electorado serán algunos de los factores que condicionarán la segunda vuelta.

Más allá de quién termine imponiéndose, el resultado no solo definirá quién ocupará el Palacio de Planalto, sino también qué correlación de fuerzas tendrá el próximo gobierno para llevar adelante su programa en un Congreso fragmentado y en un país profundamente polarizado.


8 · DOCENTE SUPERVISOR
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