El viejo y el Ombú

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 Era un viejo que siempre andaba de un lado para el otro como si estuviera loco decían los vecinos del barrio manga, pero a él parecía nada importarle y con su barba blanca y una melena al estilo león se paseaba tomando un mate lavado en un jarrito de lata abollado. Nadie sabía de dónde venía ni adónde iba, pero todos lo veían pasar siempre al mismo ritmo, como si caminara dentro de un tiempo aparte.
3 · AUTOR Y PUBLICACIÓN
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6 · DESTACADO
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 Los gurises inventan historias: que había sido marino, que sabía hablar con los animales, que tenía un león tatuado en la espalda. Él nunca confirmaba nada, apenas levantaba una ceja y seguía caminando, como si esas fantasías no fueran más que puras falacias del barrio.
7 · CUERPO DE LA NOTA
Escribí debajo el texto completo de la nota. Separá normalmente los distintos párrafos.
 Una tarde calurosa, cuando el aire estaba pesado como trapo mojado, el viejo hizo algo que dejó a todos descolocados, se detuvo. Se quedó ahí, en la placita, como si el piso lo hubiera llamado por su nombre. Apoyó el jarrito, se acomodó la melena y llamó a los gurises con la mano. 
–¿Saben escuchar? –dijo tocándose la oreja.
 Los chiquilines se rieron.
Se sentó en un banco y habló con voz baja, rasposa.
–Antes de que ustedes nacieran, acá había un ombú enorme. Cuando llovía fuerte, todos veníamos a refugiarnos. Una tormenta lo tumbó. La gente pensó que era una desgracia. 
Pero escuché una voz.  –“Mientras me recuerden, sigo de pie”. -Me dijo aquel ombú. 
Los gurises quedaron mudos. Una gurisita, la más chica, se animó a preguntar:
–¿Usted lo sigue escuchando?
El viejo sonrió con una nitidez que sorprendía.
–Siempre –dijo–. Por eso camino. Para que no se me apague la voz de los recuerdos.
Se levantó, alzó el jarrito y siguió su marcha lenta, casi flotando. Desde ese día, los gurises lo miraban distinto, ya no era un loco, sino un guardián de cosas que se caen pero no desaparecen. 

Una mañana, después de varios días de lluvia, los vecinos notaron que el viejo no había pasado. Los gurises lo buscaron por todo el barrio hasta llegar a la placita. En el lugar exacto donde él siempre se detenía encontraron el jarrito de lata, seco por dentro aunque el suelo todavía estaba mojado.

Cuando sopló una ráfaga de viento, fuerte pero cálida, los gurises juraron escuchar un susurro que decía: “Sigo de pie”.

Los árboles se movieron como saludando a alguien invisible. Desde entonces, cada vez que un viento raro cruza por Manga, los gurises levantan la cabeza y sonríen: dicen que es el viejo, caminando sin cuerpo, cuidando las voces que nadie más quiere escuchar.

Otra tarde, semanas después de aquella charla, los gurises siguieron al viejo a escondidas. Él caminaba como siempre, lento, seguro, hasta que dobló por un pasaje angosto que casi nadie usaba. Al final del pasaje había un terreno baldío con un árbol joven, apenas más alto que un niño.

El viejo se acercó y apoyó la mano en el tronco.

—Ustedes lo tumbaron una vez —murmuró—, pero yo lo traje de vuelta.

Los gurises se quedaron helados. El árbol, pequeño pero firme, tenía la forma torcida y ancha, característica del ombú.

Cuando el viejo se dio vuelta, no se enojó por haber sido seguido. Al contrario,
–Les toca a ustedes ahora –dijo–. Si quieren que siga de pie, cuidenlo.

Desde entonces, los gurises riegan el ombú, sacan las malezas y cuentan historias bajo su sombra incipiente. El viejo sigue pasando por la placita, mate en mano, pero ahora siempre saluda. Y cada vez que ve al árbol crecer un poquito más, su sonrisa se vuelve más ancha, como si el barrio estuviera recuperando algo que se creía perdido para siempre.


8 · DOCENTE SUPERVISOR
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