La filosofía frente a la tecnología

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En una charla con estudiantes de UTU de la clase del profesor Julio Boffano, el filósofo y periodista Agustín Courtoisie analizó el cruce entre la tecnología, la ética de la información y la urgencia de abandonar el piloto automático para empezar a hacernos las preguntas correctas.

7 · CUERPO DE LA NOTA
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Está ahí, aunque todavía no sea el tema central. Está en los estudiantes que toman apuntes, en los celulares que esperan sobre las mesas y, sobre todo, en la manera en que Agustín Courtoisie habla de ella: con desconfianza, curiosidad y una pizca de humor que hace difícil saber en qué momento termina la advertencia y empieza la provocación.

Courtoisie está frente a un grupo de estudiantes. Habla, responde, se detiene, vuelve sobre una idea y, cuando parece que encontró el final de una respuesta, abre otra pregunta -es decir, actúa como un filósofo-. La filosofía, para él, no es algo que ocurre únicamente entre libros y clases. Tampoco es una disciplina reservada para quienes conocen de memoria a Platón, Aristóteles o Kant.

La filosofía aparece cuando la vida deja de funcionar en piloto automático; cuando una situación obliga a tomar una decisión para la que no existe una respuesta sencilla. “Te despertaste, saliste del piloto automático y ahí está la filosofía”, explica al hablar de esos momentos en los que una enfermedad, una pérdida o un conflicto personal obligan a enfrentarse con preguntas que nadie puede responder por nosotros. Esa misma búsqueda es la que ha marcado su propia historia, un camino que inevitablemente se cruza con otra de sus grandes pasiones y preocupaciones: el periodismo.

Para Courtoisie, el buen periodista y el filósofo tienen algo en común: ambos deben enfrentarse a una realidad compleja y encontrar la manera de hacerla comprensible para otros. El filósofo modeliza grandes fenómenos; el periodista reduce esa complejidad para poder explicarla. Pero hay una condición ineludible: la claridad. El buen periodista debe escribir con precisión y, al mismo tiempo, tener gancho literario. Courtoisie reivindica el periodismo narrativo, ese que sabe comenzar con una escena, una persona o un diálogo para conducir al lector hacia un problema mayor. Es bajo esa misma lógica que la charla vuelve, inevitablemente, a la inteligencia artificial.

Courtoisie no se presenta como un enemigo de la tecnología; de hecho, reconoce que la utiliza para resumir videos o acceder rápidamente a información. El problema, señala, no está en usarla, sino en dejar que la herramienta termine haciendo aquello que debería hacer una persona.

En el ámbito educativo, su preocupación es todavía más directa. Courtoisie habla de estudiantes que utilizan inteligencia artificial para realizar trabajos y de docentes que también podrían terminar utilizándola para corregirlos. Si ambos lados dejan de leer, advierte, el problema trasciende lo académico: lo que está en juego es la propia capacidad de lectura.

Lejos de proponer la prohibición de la tecnología o de sugerir que los profesores se conviertan en policías, defiende la transparencia: que se sincere cómo se utilizó la herramienta y que la autoría siga estando clara. Su postura aparece casi como una sentencia: los docentes no están para enseñar a escribir buenos prompts; están para corregir trabajos hechos por seres humanos.

Es en ese punto crítico donde vuelve a emerger la filosofía. Porque para Courtoisie, la inteligencia artificial no plantea únicamente un desafío tecnológico, sino que obliga a formular la pregunta más humana de todas: qué queremos conservar como sociedad. Courtoisie también pone sobre la mesa el futuro del empleo y los trabajos que podrían desaparecer, incluso aquellos vinculados a la creatividad. Diseñadores gráficos, programadores y escritores ya empiezan a sentir el impacto de herramientas que no solo automatizan tareas rutinarias, sino que colonizan terrenos que creíamos exclusivamente humanos.

Pero hay otra alarma que atraviesa su discurso y que suele quedar oculta: el impacto ambiental. Los centros de datos de las grandes tecnológicas necesitan enormes cantidades de energía y agua para enfriar sus servidores. Para Courtoisie, discutir la inteligencia artificial omitiendo su costo ecológico es mirar solo una parte de la historia. La paradoja es evidente: una tecnología que se promociona para resolver la crisis climática está generando nuevos daños. Por ahora, sostiene, el perjuicio ambiental va ganando la carrera.

De este modo, la inteligencia artificial deja de ser una simple herramienta para convertirse en una pregunta incómoda. Una pregunta sobre el trabajo. Sobre la educación. Sobre la privacidad. Sobre el ambiente. Sobre quién controla el tablero tecnológico y quiénes se están quedando afuera.

Es allí donde Courtoisie habla de los llamados “trabajadores fantasmas”, personas que realizan tareas invisibles y precarizadas para que los sistemas de inteligencia artificial parezcan mágicos. Cuestiona la imagen de una tecnología completamente autónoma y poderosa; detrás del algoritmo todavía existen miles de seres humanos sosteniendo el decorado.

Por eso insiste en una idea central: la filosofía no debe quedarse encerrada en la academia. Aparece cuando no hay certezas suficientes y hay que construir una respuesta. Aparece frente a una tecnología que cambia el empleo, frente a una máquina que redacta un texto o frente a un algoritmo que decide qué información vemos. Aparece, en fin, cuando las soluciones rápidas ya no alcanzan.

“Es una actitud frente a cualquier problema de la vida”, dice.

Al final, esa es la imagen que queda cuando termina la clase: un grupo de estudiantes frente a un profesor que habla de inteligencia artificial, pero que en realidad está hablando de algo bastante más antiguo.

Está hablando de nosotros. De qué hacemos con las herramientas que inventamos y, sobre todo, de qué ocurre cuando esas herramientas empiezan a cambiar la forma en que pensamos.

La inteligencia artificial puede escribir, resumir, crear imágenes y responder preguntas. Pero hay una tarea que, al menos por ahora, Courtoisie parece seguir dejando en manos humanas: hacerse las preguntas incómodas.

Porque, como él mismo plantea, la filosofía no siempre llega cuando abrimos un libro. A veces entra por la ventana.

8 · DOCENTE SUPERVISOR
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