El pulso que no se ensaya

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Cada fin de semana al caer la tarde, los vecinos e integrantes de las cuerdas de tambores se congregan en las esquinas históricas de Barrio Sur, Palermo, Cordón y La Teja.

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Lejos de la competencia y las luces del espectáculo oficial, el candombe espontáneo de los domingos en los barrios de Montevideo funciona como una medicina comunitaria, un acto de resistencia afrodescendiente y una catarsis física.

7 · CUERPO DE LA NOTA
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Huele a madera quemada, a eucalipto y a humo denso subiendo por las paredes de ladrillo visto. En la esquina de Isla de Flores y Minas, el fuego encendido sobre el cordón de la vereda no es una simple fogata para combatir el fresco al caer la tarde: es el altar profano donde se gesta el ritual. Alrededor de las llamas, los hombres y mujeres colocan sus tambores de madera, inclinándolos suavemente para que el calor tense el cuero de lonja seca. El chasquido sordo de las palmas contra la madera comprobando el afinado marca la cuenta regresiva. Cuando el primer tambor piano lanza su golpe grave contra el aire, la calle deja de ser una vía de tránsito vehicular para convertirse en un templo de sanación comunitaria.

A diferencia del Desfile de Llamadas oficial —un evento competitivo, arancelado, cercado por vallas publicitarias y televisado en directo—, las llamadas espontáneas de los domingos no buscan el aplauso de ningún jurado ni la nota de un puntaje. En el barrio no hay gradas de plástico ni entradas cobradas. El candombe de fin de semana no se ensaya para un concurso; se camina para estar vivos. Es la expresión pura de una cultura que no se concibe como mercancía, sino como un idioma de pertenencia territorial y afectiva.

La santísima trinidad del sonido: Piano, Chico y Repique
Cuando la cuerda de tambores arranca a caminar con el paso acompasado y cansado de la marcha, la masa sonora no es un caos retumbante, sino una arquitectura perfecta construida sobre tres voces complementarias. Cada tambor cumple una función social y rítmica precisa dentro del colectivo, una trinidad del cuero donde nadie brilla sin el otro.

El Chico es el metrónomo inflexible, la disciplina del grupo. Su golpe seco, rápido y constante sostiene la estructura rítmica sin vacilaciones. Es la constancia del trabajo, el latido del tiempo presente. El Piano, con su cuerpo ancho y su sonido grave que retumba directo en el esternón del transeúnte, representa la raíz, la tierra y el diálogo con los ancestros. Es el pulso que mueve los pies y sacude las entrañas. Por último, el Repique es el lenguaje de la libertad individual: la voz que improvisa, la que llama al resto, desafía, inventa matices y rompe la monotonía con repiqueteos virtuosos.

Escuchar el ensamble de estos tres elementos en movimiento genera lo que la neurociencia y la antropología de la música denominan sincronización somática. La exposición continua a las bajas frecuencias del tambor piano disminuye los niveles de cortisol y altera la percepción del tiempo. La vibración no se escucha solo con los oídos; se siente en los huesos. Quien camina detrás de la cuerda experimenta una descarga física profunda donde las tensiones laborales, las angustias individuales y el cansancio acumulado de la semana se disuelven en el sudor y la cadencia del paso colectivo.

Resistencia territorial: del desalojo a la reconquista
Para comprender por qué el candombe retumba con tanta fuerza en el asfalto montevideano es imprescindible rascar la superficie de la historia. El candombe no nació como una danza festiva, sino como el grito de resistencia de las personas africanas esclavizadas que, traídas a la fuerza al Río de la Plata durante los siglos XVIII y XIX, utilizaban el tambor para preservar su humanidad, sus memorias espirituales y sus lazos comunitarios frente a la crueldad colonial.

Ese carácter de trinchera y refugio se reconfiguró en el siglo XX alrededor de los conventillos, aquellas enormes fincas colectivas que albergaban a la comunidad afro uruguaya y a la clase trabajadora inmigrante. Los nombres de Medio Mundo (en la calle Cuareim 1080) y Ansina (en el barrio Palermo) no son simples referencias inmobiliarias del pasado; son los santuarios fundacionales de esta cultura.

Sin embargo, la memoria candombera está marcada por la cicatriz del despojo. Entre 1978 y 1980, en pleno apogeo de la dictadura cívico-militar uruguaya, el intendente de facto de Montevideo, Oscar Rachetti, ordenó el desalojo forzoso y la posterior demolición del conventillo Medio Mundo y del barrio de Ansina. Bajo un discurso de "falsa higienización urbana", familias enteras de afrodescendientes fueron expulsadas de sus barrios históricos y reubicadas en la periferia profunda de la ciudad, como el Complejo Habitacional CH 20 o los barrios de la zona oeste y norte.

El historiador y activista afro uruguayo Oscar Montaño documentó cómo aquel acto de violencia estatal intentó desarticular la matriz comunitaria del candombe. Pero el tiro les salió por la culata. Los tambores no solo continuaron retumbando en la periferia, sino que cada domingo los viejos candomberos regresaron a sus calles de origen. Retornar a Isla de Flores, a Ansina o a la calle Curuguaty para tocar el tambor no es una simple tradición folclórica; es un acto político de reconquista territorial. Cada golpe de madera sobre el cuero grita que la memoria afro no pudo ser borrada del mapa de la ciudad.

Las matrices rítmicas: el mapa sonoro del barrio
Cualquier oído entrenado en la cultura del tambor sabe que el candombe no se toca igual en todos los rincones de Montevideo. La ciudad alberga un mapa sonoro invisible donde la procedencia geográfica del toque define la personalidad de la cuerda.

En Barrio Sur, la cuna de la matriz de Cuareim, el ritmo es pausado, cadencioso, pesado y elegante. Se toca más abajo, masticando el tiempo, con una sonoridad oscura que prioriza la hondura del piano. En cambio, al cruzar la frontera invisible hacia Palermo, la matriz de Ansina impone un ritmo más ligero, rápido, virtuoso y agresivo en el repique, con una exigencia física superior que empuja a la cuerda a un galope vibrante. Por su parte, la zona de Cordón (Gaboto) cultiva un toque intermedio, picado y con matices propios en el manejo de los palillos sobre la madera.

Esta diversidad demuestra que el candombe es un organismo vivo. No se enseña en aulas formales de música con partituras sobre atriles; se aprende por impregnación, por transmisión oral y afectiva. Un niño en Barrio Sur o Palermo aprende a tocar viendo las piernas de su padre moverse frente a él, sintiendo el calor del fuego en la cara y sosteniendo un palillo antes de aprender a escribir. Como recordaba el legendario luthier y figura del candombe Carlos "Lobo" Nuñez, el tambor se aprende "de oído, de ojo y de corazón".

Personajes míticos y la revolución de las lonjas
Al frente o en los costados de la cuerda, el ritual se completa con figuras que encarnan la mística de una creación viva. El Gramillero, con su barba blanca, su levita negra, su bastón y su yuyera, representa la sabiduría del médico y sabio africano que conoce los secretos curativos de la naturaleza. A su lado, la Mama Vieja, vestida con sus faldas anchas y abanico, encarna la dignidad, la templanza y el pilar afectivo del matriarcado afro uruguayo. Más adelante, el Escobero, con su delantal y su escobilla mágica que gira entre sus manos, va barriendo las malas vibraciones de la vereda para abrirle un camino limpio y protegido a la comparsa.

A esta rica tradición se le sumó en las últimas dos décadas una transformación sociocultural irreversible: la democratización del género y la irrupción del movimiento feminista. Si bien las mujeres siempre fueron el sostén organizativo y comunitario del candombe, el acto físico de colgarse el tambor al hombro estuvo reservado casi en exclusiva a los hombres durante más de un siglo.

La aparición de comparsas compuestas e integradas por mujeres y disidencias —como el colectivo La Melaza o La Candombera— rompió con el sesgo patriarcal del cuero. Hoy, las mujeres no solo bailan o encarnan a las figuras tradicionales, sino que lideran cuerdas de tambores, afinan al fuego y ejecutan los pianos con la misma ferocidad y maestría que sus pares masculinos. Esta renovación no debilitó la tradición; por el contrario, le inyectó una energía vital que garantiza la supervivencia del candombe en el siglo XXI.

La calle que nos devuelve la voz Cae la noche sobre Montevideo. La cuerda de tambores, exhausta tras haber recorrido decenas de cuadras a paso firme, detiene su marcha frente a la plaza del barrio. El último golpe de piano retumba en el aire nocturno y un silencio denso, casi sagrado, se apodera de la calle. Los tocadores se bajan los tambores de los hombros, se secan el sudor de la frente con las mangas de las camisetas y se estrechan en abrazos apretados mientras el humo del fuego se apaga lentamente sobre el cordón.

El candombe de barrio sigue siendo la prueba irrefutable de que la belleza y la sanación verdadera se encuentran en lo colectivo. Cuando la cuerda camina, nadie es un espectador ajeno; todos forman parte de la misma masa que late bajo el mismo pulso. En esas veredas donde una vez se intentó borrar la memoria de los desposeídos, el tambor sigue recordando cada domingo que, mientras haya fuego encendido y lonjas para golpear, Montevideo seguirá teniendo un corazón latiendo en la calle.


8 · DOCENTE SUPERVISOR
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