Diego Martini Lemos visitó nuestra Escuela
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Crónica de un encuentro entre estudiantes, docentes y un destacado profesional.
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Entre investigaciones, primicias, redes sociales y errores del pasado, el periodista Diego Martini Lemos repasa su trayectoria y reflexiona sobre el desafío de informar con equilibrio sin dejar de lado la subjetividad.
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Tras sentarse frente al grupo, y antes de recibir la primera consulta, Martini invirtió los roles con una pregunta: "¿Todos quieren ser periodistas?". A partir de ese momento, la charla giró en torno a un concepto central que defendería a lo largo de la mañana: para él, la objetividad absoluta no existe.
“Quienes hacemos periodismo somos seres humanos y somos subjetivos”, explicó. Cada periodista trae consigo una historia, una infancia, una educación y una manera de mirar el mundo que, claramente, influye en la forma en que cuenta una noticia. Para él, el desafío está en buscar un periodismo equilibrado, capaz de reunir todas las voces posibles.
Lo difícil, justamente, es aprender a convivir con aquello que nos sensibiliza. Diego contó que muchas veces le toca cubrir audiencias en las que tiene cerca a personas acusadas de delitos graves. Aun cuando una situación le genere rechazo, su trabajo consiste en escuchar también la perspectiva del imputado y su defensa. “No soy juez”, aclaró, “soy periodista. Mi tarea es contar y permitir que las distintas partes formen parte de la historia”.
Las violaciones a los derechos humanos, la pobreza, la desigualdad, la realidad carcelaria y las historias de familiares de detenidos desaparecidos son los asuntos que más lo movilizan. Con mirada pensativa, el periodista expresó que, aunque le conmueve cubrir una cárcel o visitar un barrio vulnerable, debe intentar tomar distancia emocional para poder contar esas realidades con rigor.
Su compromiso con determinadas causas no implica, según explicó, abandonar el ejercicio profesional. Le interesan especialmente las investigaciones sobre crimen organizado, narcotráfico y corrupción, aunque aclara que no son temas en los que milite. En cambio, sí reconoce una militancia personal en cuestiones sociales y de derechos humanos. La diferencia radica en cómo traslada esa sensibilidad a su trabajo: busca narrar desde un lugar humano y empático, sin transformar la noticia en una columna de opinión.
Este interés por contar historias no nació en un estudio de televisión ni en una redacción, sino mucho antes. Diego recordó su infancia y adolescencia en las calles de una capital uruguaya con menos autos y tecnología. Entre risas, afirmó que probablemente muchos de los asistentes a la charla no conocieron esa época por ser más jóvenes que él.
Durante su infancia, comenzó a notar las profundas diferencias entre las realidades de los niños de su barrio. Se preguntaba, por ejemplo, por qué algunos recibían una computadora en Navidad y otros no, por qué unos tenían más ropa que el resto o quién era aquella persona con fama de delincuente. Esa temprana curiosidad, innata y punzante, apareció mucho antes que la profesión.
A la par, el deporte —particularmente el fútbol y el básquetbol— se convirtió en su primer puente hacia el mundo de la comunicación. A los quince años, los test vocacionales le marcaron dos caminos claros: el teatro y, principalmente, el periodismo. Lejos de elegir, decidió abrazar ambas señales. Estudió actuación durante la adolescencia mientras continuaba acercándose a los medios.
Sin embargo, al terminar el liceo aparecieron las dudas. La escuela de periodismo local arrastraba mala fama y a su alrededor cobró fuerza una pregunta que todavía resuena en muchos estudiantes de comunicación: «¿De qué vas a vivir?». Buscando una salida laboral más segura, optó primero por el marketing y las ventas. Aunque sorteó los obstáculos y finalizó los estudios, la falta de empleo le trajo frustración. Al verse imposibilitado de costear una licenciatura privada en marketing, decidió finalmente regresar a su vocación inicial: el periodismo.
Tenía entre diecinueve y veinte años cuando, lejos de enfrentarse a las dificultades que imaginaba, comenzó a avanzar en la carrera y a escribir en distintos portales, abarcando incluso el periodismo deportivo. Poco a poco, aquella profesión que había asomado en un test vocacional empezó a tomar forma.
Desde 2018 trabaja en el informativo de TV Ciudad, con un paso previo por medios como Brecha y La Diaria. Sin embargo, el quiebre llegó en 2022: la incorporación de Eduardo Preve al canal lo acercó al periodismo de investigación y al manejo de fuentes en Fiscalía. Ese año estallaron los casos Astesiano y Marset, a los que más tarde se sumaría el caso Penadés. Fue entonces cuando Diego comenzó a rastrear estas causas, consolidar informantes y acumular información, descubriendo que la investigación era su verdadera pasión.
El principal obstáculo era el tiempo. La televisión exige inmediatez; en un informativo, una investigación compleja a menudo debe resumirse en un minuto y medio o, con suerte, en cinco. Hay historias que requieren semanas o meses de trabajo, pero la lógica diaria empuja hacia la urgencia del "ya".
Esa misma velocidad impacta en las primicias. Diego subraya que las redes sociales no llegaron para complicar la labor informativa, sino para visibilizarla. Para él, estas plataformas permiten construir una marca personal y conectar con la audiencia. Dado que el oficio no suele entender de horarios, el periodista utiliza sus cuentas personales para difundir datos que le llegan a contratiempo, una estrategia que ha resultado clave para consolidar su credibilidad.
El periodista admitió que a menudo siente la presión de publicar primero, aunque aclaró que su motor no es la simple competencia, sino el valor de transmitir información trascendente. Para él, existe una premisa inquebrantable: si una noticia no está confirmada, debe contrastarse al menos con tres fuentes independientes.
Con evidente emoción, recordó un caso crítico relacionado con los rumores sobre la muerte de un reconocido artista. La información le llegó mucho antes de que la familia la hiciera pública. De inmediato, en el canal comenzaron a revisar archivos, compilar imágenes y preparar el material de respaldo; sin embargo, decidieron retener la publicación al no contar con una verificación absoluta. Solo emitieron la noticia cuando otros medios locales la dieron por un hecho y el entorno íntimo de la figura confirmó el deceso. Rada había muerto.
Para Diego, perder una primicia siempre será preferible a cometer un error de tal magnitud. Por eso, concluyó con un consejo directo para las nuevas generaciones: “Chiquilines, nunca publiquen el fallecimiento de alguien hasta que no esté cien por ciento confirmado”.
Esa misma responsabilidad aparece al hablar de la información privilegiada. El periodista asegura que no siente miedo por manejar datos vinculados a investigaciones importantes, aunque reconoce que muchas veces tiene en sus manos material exclusivo.
Por eso mismo, sabe que hay cuestiones que no se pueden revelar. Si publica información antes de tiempo, corre el riesgo de arruinar su propio trabajo y perder una fuente. El periodismo, entonces, también implica saber cuándo avanzar y cuándo detenerse.
Esta cautela se traslada a su vida cotidiana. Diego relató que habla permanentemente con fuentes, colegas y amigos a través de redes sociales, y que muchas veces prefiere enviar audios de reproducción única. Aclara que no lo hace por desconfianza, sino para no dejar un registro de sus conversaciones privadas. Asimismo, piensa dos veces antes de responderle a un desconocido que intenta filtrarle información.
En su rutina, el cronista convive con la exposición en redes, las críticas, los insultos y lo que define como una "moralidad barata". Considera que el público suele olvidar que detrás de los medios hay personas que sienten, se equivocan y tienen una vida privada.
Esa misma exposición lo llevó a revisar publicaciones de su juventud que hoy ya no representan su pensamiento. Reconoce que en aquella época sostenía posiciones más radicales y que, con el tiempo, su mirada cambió.
En ese sentido, asegura que el archivo digital "pesa". Uno de los ejemplos más claros fue el episodio que protagonizó con Defensor Sporting. Como hincha de Racing, reconoce su rivalidad con el equipo "violeta" y admite que publicó un comentario en redes buscando tocar un punto sensible como la dictadura militar. En su posteo, afirmó que Defensor Sporting había sido "aliado a la dictadura". Tiempo después, entendió que había cometido tanto un error histórico como un paso en falso en las plataformas digitales. El club emitió entonces un sorpresivo comunicado donde lo nombraba directamente para desmentir sus afirmaciones.
“Me enseñó que, evidentemente, el fútbol y las redes sociales no son compatibles”, contó. Pensó por un instante, hizo una pausa y dio un nuevo consejo: antes de publicar algo que pueda agraviar a otra persona, hay que leerlo bien y no actuar en caliente.
Pero la exposición también tiene un lado positivo. A Diego le gusta que reconozcan su trabajo, lo que no implica que lo consideren una figura pública como un conductor de televisión. Se sonroja cuando alguien se acerca y le dice que valora una investigación o una información que publicó. Para él, ese reconocimiento demuestra que el periodismo llega a la gente.
Aunque no descarta dedicarse algún día a la comunicación política, hoy no piensa abandonar el periodismo y le gustaría volver a la radio. También tiene pendiente la posibilidad de irse al exterior para estudiar o trabajar, aunque reconoce que la estabilidad lograda tras tantos años hace que volver a empezar sea cada vez más difícil.
Antes de terminar la charla, apareció otra de sus pasiones: el teatro. Después de haber estudiado durante algunos años volvió a los escenarios con la obra Rescatame. Contó con orgullo que entre los asistentes estuvieron el presidente, Yamandú Orsi, y su esposa. Para él, esta disciplina es una herramienta clave para los estudiantes de comunicación, ya que ayuda a perder la vergüenza, a hablar en público y a enfrentarse a situaciones incómodas.
Para Diego Martini Lemos, ser periodista es convivir con la subjetividad sin dejar que se convierta en una excusa. Es saber que algunas historias duelen más que otras, que una primicia puede postergarse a la espera de una confirmación y que una publicación hecha en caliente, en cuestión de segundos, puede tener consecuencias durante años.
También es entender que detrás del periodista hay una persona con amigos, opiniones, recuerdos y pasiones. Alguien que, al sentarse frente a un entrevistado o en una redacción, asume la responsabilidad de hacer algo tan difícil como necesario: escuchar todas las voces posibles y contar la historia de la manera más equilibrada.
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