Consultados por Mutuo, los militantes aseguran que la campaña, denominada “Cuba no está sola”, es impulsada a nivel internacional por organizaciones que respaldan el proceso de la Revolución Cubana, como la Federación Sindical Mundial. La intención es demostrar, a través de las firmas recolectadas, el apoyo de una parte de los uruguayos a Cuba y la oposición a “una nueva guerra” y el “bloqueo imperialista”, en medio de las crecientes tensiones entre el gobierno de la Isla y la administración estadounidense de Donald Trump.
“El bloqueo no existe”
Cuando uno de los militantes aborda a una transeúnte: “Buen día, ¿te gustaría firmar contra el bloqueo a Cuba?”, un ciudadano cubano que recorría la feria y escuchó la mención a su país reacciona: “¿Qué bloqueo? El bloqueo no existe”.
“La culpa es del gobierno que no deja comerciar”, aseguró el migrante, el cual recibe como respuesta: “No comercian porque el sistema de transacciones que se usa a nivel internacional está restringido para Cuba”. La discusión en torno a ese concepto se vuelve la protagonista de esa esquina montevideana y también de este artículo, que se propone profundizar en el bloqueo, su historia y sus consecuencias en la vida del pueblo cubano.
En diálogo con Mutuo, el Ministro Consejero de la Embajada de Cuba en Uruguay, Orestes Hernández, asegura que “quien afirme que el bloqueo no existe, o vive en la luna, o es un ignorante político, o no tiene sentido del mundo en el que vivimos”, aunque reconoció que “un sector relativamente alto de cubanos” cree “que la situación del país es responsabilidad del gobierno cubano”.
La historia
Si bien el bloqueo se formalizó bajo la administración de John F. Kennedy en 1962, para Hernández, el origen histórico del asedio no se sitúa en épocas de la Sierra Maestra, epicentro de la Revolución Cubana, sino en 1823. El diplomático explica que “fue entonces cuando John Quincy Adams formuló la Doctrina de la Fruta Madura”, una tesis que sentenciaba que, una vez rota la conexión con España, Cuba caería, como un fruto, inevitablemente en manos de Estados Unidos. Esa tesis “marcó desde un inicio la obsesión de la élite norteamericana y ha seguido funcionando hasta hoy”.
La ejecución práctica de esta doctrina se materializó en 1898. Mientras el Ejército Mambí, aquel "ejército en harapos" que luchó por la independencia de la Isla en el último tercio del siglo XIX sin ser reconocido por EEUU, tenía al borde del colapso a las fuerzas coloniales españolas, el país del norte intervino tras el hundimiento del acorazado Maine en la bahía de la Habana.
Para los norteamericanos de la época, el buque fue destruido por una mina marina española, aunque investigaciones posteriores concluyeron que se trató de una explosión accidental. Sin embargo, según la perspectiva histórica cubana, aquella explosión fue un “sabotaje desde lo interno” diseñado para “justificar la entrada en una guerra ya ganada” por los cubanos, asegura Hernández. El resultado fue un tratado entre EEUU y España en Versalles, donde se excluyó por completo a los patriotas de la Isla, que determinó el surgimiento de una "república amañada que operaba bajo el tutelaje de Washington”.
Tras hacerse de la “fruta madura”, EEUU transformó a Cuba en “una dependencia de la United Fruit Company”, empresa multinacional que llegó a poseer el 98% del territorio de la Isla. “Antes de 1959, la supuesta “joyita del Caribe” solo existía en los hoteles de la mafia en La Habana; en el interior profundo, la realidad era la de campos sembrados exclusivamente para el consumo externo, donde los hijos de los campesinos crecían plagados de parásitos y sin acceso a médicos”, señala Hernández.
Esa situación dió lugar al levantamiento revolucionario de la segunda mitad de la década de 1950, que se cristalizó en el triunfo de las fuerzas dirigidas por Fidel Castro en 1959.
El corazón de las medidas aplicadas por EEUU desde el ascenso de la Revolución queda expuesto en el Memorándum de Lester Mallory de 1960. Para Hernández “se trata de un documento de un cinismo quirúrgico” en el que Mallory, diplomático estadounidense, “reconocía explícitamente que la mayoría del pueblo apoyaba a Fidel y que no existía una oposición interna capaz de derrocarlo”. Por ello, la estrategia debía centrarse en "generar miseria, hambre y desesperación" para provocar el descontento popular y la caída del gobierno a través de la asfixia económica.
Hernández explica que con la llegada de Kennedy al gobierno estadounidense, y “bajo el eufemístico nombre de “necesidad de acabar con la Revolución Cubana”, y la necesidad de aplicar un embargo”, la Isla perdió el único mercado para comercio de azúcar que había tenido durante más de 78 años. Desde entonces, ese embargo azucarero se ha extendido a otros rubros hasta transformarse en el cerco financiero y comercial de estos días.
El bloqueo en carne propia
Según datos publicados en 2026 por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba, el país dispone de 1.400 megavatios de capacidad de generación eléctrica que permanecen inutilizados, no por fallas técnicas ni por falta de voluntad operativa, sino porque el país no puede adquirir el diésel y el fuel oil que los equipos requieren. Las restricciones del acceso de Cuba al petróleo y sus derivados en los mercados internacionales impiden activar esa capacidad instalada.
A propósito de las dificultades para el acceso a la energía, Hernández explica que “la tecnología de la mayor termoeléctrica del país es de origen francés, pero el mantenimiento es imposible porque la firma proveedora fue adquirida parcialmente por capital estadounidense”, por lo que Washington puede vetar la venta de piezas de repuesto.
El resultado lo viven los cerca de diez millones de cubanos: más de 20 horas diarias de apagones en promedio. Sin luz no hay refrigeración de alimentos, no hay bombeo de agua potable, no funcionan los servicios de salud con normalidad, no funciona un sistema de comunicaciones estable.
Pocos indicadores miden con tanta crudeza el estado de una sociedad como la tasa de mortalidad infantil. En 2017, al inicio del primer mandato de Donald Trump, registraba una tasa de 4,0 muertes por cada mil nacidos vivos, un logro excepcional para cualquier país latinoamericano, comparable al de naciones desarrolladas.
Ese número escaló hasta 9,9 por cada mil nacidos vivos en 2025, según un estudio reciente del Centro de Investigación Económica y Política con sede en Washington. El informe establece una correlación directa entre el endurecimiento de las sanciones desde 2017 y ese deterioro. En términos concretos: aproximadamente 1.800 niños no sobrevivieron en ese período adicional al que habrían sobrevivido con las tasas anteriores.
La oncología pediátrica cubana tuvo durante décadas una tasa de supervivencia del 85% para niños con cáncer, otro indicador que ubicó a Cuba como referencia en América Latina. Ese índice ha caído al 65% según datos del último año. La medicina cubana perdió acceso a insumos, medicamentos y equipamiento especializado cuya adquisición está bloqueada por las restricciones financieras y comerciales. Hernández relata el caso de un niño de 10 años con leucemia en la oriental provincia de Camagüey, que ha visto su vida puesta en riesgo porque un laboratorio noruego suspendió el suministro de un fármaco vital, alegando temor a las sanciones por el uso de componentes vinculados a intereses norteamericanos.
Durante el pico de la pandemia de COVID-19, una empresa multimillonaria china se vio impedida de vender respiradores y oxígeno porque su banco corresponsal en Estados Unidos prohibió la transacción, relata el Consejero Hernández. Del mismo modo, una pequeña empresa centroamericana que intentó suministrar oxígeno “tuvo que retirarse tras ser amenazada por su banco en Nueva York con el cierre de sus operaciones”, lo que representaba el 98% de sus ingresos.
El bloqueo también tiene repercusiones en el acceso a la alimentación. Más de 100.000 niños cubanos no reciben diariamente el litro de leche que el Estado subsidia para ellos, no porque no exista la leche, sino porque no hay combustible suficiente para transportarla desde las unidades productoras hasta las ciudades. Las trabas logísticas y financieras para importar trigo han llevado a que los territorios reciben apenas el 50% de la harina que necesitan; el pan racionado ha reducido su peso de 80 a 60 gramos.
La paradoja más ilustrativa de la situación es quizás esta: 170 contenedores de productos esenciales, equivalentes a 6,3 millones de dólares, llegaron a Cuba pero no han podido distribuirse a sus destinatarios por escasez de combustible para el transporte interno. El Programa Mundial de Alimentos (PMA) tiene 11.000 toneladas de alimentos básicos almacenadas en distintos puntos del país que, según la propia organización, se distribuyen “a un ritmo mucho más lento del que debería ser”. UNICEF y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo reportan decenas de contenedores en puertos cubanos que se extraen y distribuyen con “enorme lentitud” por las mismas razones.
Este asedio se complementa con el uso de la Ley de Ajuste Cubano, aplicada en Estados Unidos desde 1966, normativa que convierte al país gobernado por Donald Trump en “el único con dos leyes migratorias distintas”, asegura Hernández. Mientras se asfixia económicamente a la isla, se ofrecen facilidades migratorias exclusivas para cualquier cubano que llegue a EEUU. “Incluso si comete delitos, como robar una lancha, recibe una preferencia inmediata sobre, por ejemplo, un ciudadano uruguayo, para obtener la residencia”, explica el diplomático.
Otro dato relevante es el reconocimiento internacional que existe respecto al bloqueo. Desde 1992, Cuba presentó cada año un proyecto de resolución ante la Asamblea General de Naciones Unidas que exige el fin del bloqueo. En cada votación, la resolución fue apoyada por la amplia mayoría de los países miembros. En 2025, 165 países respaldaron la petición que pide a EEUU levantar las medidas de restricción sobre la economía cubana.
A la luz de los datos, quedará en cada lector evaluar las políticas, las reacciones y medidas aplicadas, pero surge como innegable realidad la existencia de un bloqueo sobre las finanzas, el comercio y, en última instancia, la vida del pueblo cubano.
En definitiva, este cerco, el más extenso aplicado contra un país en la historia, no es solo una respuesta contra la osada instalación de un modelo socialista a pocas millas de Miami, sino una herramienta estratégica con el objetivo de desestabilizar y derrocar al gobierno que hoy lidera Miguel Díaz-Canel.
A pesar de eso, la resiliencia de los cubanos se erige como respuesta al bloqueo y la amenaza de una eventual invasión militar. La imagen de sus médicos, quienes, en hospitales desabastecidos, operan “bajo la luz de los flashes de sus teléfonos celulares cuando falla el sistema eléctrico” como relata el representante cubano, es solo una muestra de ello. Esta capacidad de sacrificio refleja la postura de resistencia de un pueblo que, a pesar de la presión externa y el fuerte descontento generado por las condiciones de vida, se niega a negociar su soberanía.